La belleza artificial – Angélica García

LA BELLEZA ARTIFICIAL

belleza artificial

Estamos viviendo en un mundo primordialmente material, en donde la belleza física es casi una orden para todas las mujeres. Nos ofrecen la eterna juventud en forma de cremas para untarnos y cápsulas para tragarnos. Nos ofrecen modelar nuestro cuerpo, bajar esos kilos de más que parece que fuera pecado llevar a cuestas. Nos ofrecen someternos al bisturí para poner lo que nos falta y quitar lo que nos sobra. Las revistas de moda, nos muestran prendas hechas para esqueletos. La publicidad en general nos recuerda a cada momento que solo te verás bien, estando muy delgada y que solo las mujeres muy delgadas alcanzan el éxito. En fin, en toda la historia no se le había dado tanta importancia a la apariencia física. Ni Cleopatra y sus baños de leche de burra, inculcó a las demás mujeres el extremo cuidado de la apariencia física, como se hace ahora.
Todas las mujeres queremos vernos bien y nos dejamos llevar muchas veces por la publicidad, para comprar un nuevo labial o una crema milagrosa quita arrugas y líneas de expresión. Una mujer cristiana también debe cuidarse para su marido o para su novio, pero si no lo tiene, para ella misma, para sentirse bien presentada. La cosa es ¿hasta qué grado puede una mujer cristiana preocuparse de su apariencia?
En la descripción de la mujer virtuosa, de Proverbios 31, no se hace alusión al aspecto físico de ella, sino que se destacan por sobretodo, sus habilidades, su disposición, su generosidad, su nobleza, es decir, sus valores morales. La mujer ideal para Dios es aquella que posee estos valores. Aunque sí se hace alusión a su manera de vestir: «de lino fino y púrpura es su vestido», lo cual nos muestra que ella no descuida su apariencia física y su pulcritud, mas, esta alusión hace notar que ella misma se confecciona sus vestidos y lo hace de manera impecable. Esto nos muestra que una mujer puede ser una estupenda ama de casa, esposa y madre, sin descuidar su presentación.
Una buena presentación debe basarse, antes que nada en la limpieza. Una mujer muy arreglada, pero con el cabello sucio, no es nada agradable. Usar cremas, labiales, sombritas y todos esos embelecos, está bien siempre y cuando se usen moderadamente y con el solo fin de verse mejor, o de agradar al esposo.
Existen el día de hoy tantos métodos para cambiar el aspecto físico, que es increíble. Fajas para modelar la figura, elevadores de busto, inyecciones de colágeno, lentes de contacto de colores, tintes para el cabello, tatuaje de cejas, depilación láser, etc. y esto solo es lo menos agresivo. Tenemos la cirugía plástica, donde se puede reconstruir a una persona completamente en el quirófano. Labios más abultados, nariz más respingada, ojos más rasgados, cuello sin arrugas, busto más grande, busto más chico, abdomen plano, en fin… Los buenos cirujanos plásticos son verdaderos escultores. Algunas mujeres han pasado por varias cirugías, porque siempre quieren más, no están conformes con su aspecto nunca. No les importa el dolor, la hospitalización, ni el riesgo, pues toda cirugía representa un riesgo y tampoco les importa el bolsillo del pobre marido. También, hablando de cirugías, hemos de mencionar la liposucción, que ha resultado fatal en varios casos.
A este extremo es al que no debe llegar una mujer cristiana, ¡a querer cambiar todo lo que Dios le dio! A menos que se trate de una cirugía plástica reconstructiva necesaria, a causa de un accidente o si se trata de un defecto físico muy notorio, que influye negativamente en la autoestima de la mujer y le impide relacionarse con los demás, es mejor mantenernos lejos del bisturí. Dejarse dominar por la vanidad no es de Dios. Estemos conformes con la forma que Dios dio a nuestro rostro, podemos darnos esa manita de gato que nunca está de más, pero el querer cambiarlo a cuchillo, solo por vanidad y sin necesidad, eso no es de Dios.
Dios nos ama igual si somos rubias o morenas, si somos flacas o gordas, si tenemos los ojos verdes o café, si tenemos el pelo lacio o rizado, etc. etc. No le des demasiada importancia a tu aspecto físico, pues Él lo que mira es tu corazón. El aspecto de tu corazón es el que tienes que cuidar mucho. La belleza del corazón es real. No admite maquillaje, no puedes embellecerlo artificialmente, pues siempre se muestra tal cual es. El corazón más bello es aquel que ama a Dios por sobre todas las cosas y ama a su prójimo como a sí mismo.

En cuanto a las mujeres, quiero que ellas se vistan decorosamente, con modestia y recato, sin peinados ostentosos, ni oro, ni perlas ni vestidos costosos. Que se adornen más bien con buenas obras, como corresponde a mujeres que profesan servir a Dios. 1 Timoteo 2:9-10

Escrito por: Angélica García Sch.

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