La angustia de la espera – Angélica García Sch.

LA ANGUSTIA DE LA ESPERA


En el día de mi angustia te invoco, porque tú me respondes.

Salmos 86:7 NVI

El reloj de la sala iba a marcar las doce de la medianoche y Alicia estaba muy nerviosa esperando a su esposo, quien ya debería haber llegado hacía horas. No contestaba su celular, la mandaba al buzón, no contestaba nadie en la oficina y ya no sabía a qué amigo más marcarle. Los niños ya dormían desde hacía un buen rato y la cena se había enfriado. Cada cinco minutos se asomaba por la ventana para ver si veía el auto de su marido entrando a la cochera. Adolfo nunca antes había hecho algo así, pensaba, algo tenía que haberle pasado. Sentía un nudo en el estómago y el corazón le palpitaba muy rápido, estaba entrando en angustia.
Por fin, veinte minutos después, se escuchó el ruido del carro de su marido. Sintió alivio, pero su angustia se transformó en enojo. El entró y se le veía muy contento.
– ¿Pero dónde has estado? ¡Yo me moría de la angustia y tú, tan campante!
– Es que me encontré con un viejo amigo que hacía años no veía y nos fuimos a tomar un café y a platicar de tantas cosas que se nos hizo tarde.
– Pero te llamé a tu celular y no pude comunicarme.
– Oh sí, mi celular se bloqueó, no sé por qué, apenas me dí cuenta… Perdóname mi amor, no va a volver a ocurrir- Y con esa explicación Adolfo se fue a la cama, muy tranquilo, pero a Alicia no se le quitaba todavía esa sensación en el estómago y es que las tensiones afectan casi a todo el organismo.

Seguramente que este tipo de situaciones lo han vivido casi todas las esposas y madres alguna vez. Es muy típico de los hombres olvidarse de avisar si ocurre algún imprevisto. Y cuando se encuentran con viejos amigos, mucho más. Las mujeres, por naturaleza, nos preocupamos de más, cuando esperamos a alguien que no llega, llámese esposo, hijo, hija. Pasada la hora en que se supone que debió llegar, nuestro preocupómetro empieza a subir y a subir. Nuestros nervios empiezan a tensionarse y nuestra mente empieza a imaginar un accidente horrible, un secuestro, un asalto, en fin, toda clase de cosas malas que podrían haberle ocurrido a ese ser querido que no llega.
Nos obsesionamos con el reloj, fijamos la vista en él a cada rato, con los ojos extremadamente abiertos, por si nos hubiéramos equivocado y no es tan tarde como pensábamos, pero no, el reloj marca un minuto más que la última vez que lo vimos y sí: es muy tarde. Damos vueltas por la habitación, la sala por supuesto, para estar lo más cerca de la puerta de entrada, por donde debería ya haber aparecido nuestro ser querido. Nuestra mirada va del reloj a la puerta de entrada, como en un partido de tenis.
Dicen que las mujeres somos emocionales cien por ciento, pensamos con el corazón, antes que con la cabeza. Nos emocionamos, lloramos de alegría o de tristeza, nos conmovemos, nos preocupamos, nos dan miedo las arañas y las ratas, nos estresamos, nos ponemos histéricas, nos deprimimos y hasta entramos en pánico mucho más fácilmente que los hombres. Como esposas, necesitamos la protección del esposo, como madres, nosotras somos las protectoras de nuestros hijos y ay del que pretenda hacerles daño. Por los hijos una mujer es capaz de todo, olvida sus miedos, saca fuerzas de su debilidad, es capaz de darlo todo por ellos.
Pero el tema principal de este artículo es la angustia de la espera. Cuando esperamos el regreso del esposo o los hijos y no llegan, empezamos a preocuparnos y a temer que algo malo les haya pasado. El temor paraliza, entorpece la mente y la llena de pensamientos negativos. ¿Qué hacer cuando experimentamos la angustia de la espera? En primer lugar, acordarnos que el Señor sabe dónde está esa persona amada a la cual esperamos, entonces no está perdida, El puede verla y si algo pasó, El puede socorrerla. Por eso, en lugar de angustiarnos, concentremos en el Señor, a El es a quien tenemos que encomendarle a nuestro esposo o hijos. Siempre que acudamos a El, con nuestro corazón lleno de fe, El nos proporcionará esa paz que sobrepasa todo entendimiento y que solo El puede dar. No hay nada más efectivo que recurrir al Señor en el momento de la aflicción y la angustia. La paz que El da, no la dan ni las pastillas ni la música relax. Es como si tuviésemos un botón de ON y otro de OFF en nuestro cerebro, nosotros apretamos el de ON y nos llenamos de angustia, pero El aprieta el de OFF y se va la angustia. Así de fácil.
Es natural sentir preocupación por los que amamos, pero no hay que dejar que se convierta en angustia. Nunca debemos ponernos a pensar en todo lo malo que podría ocurrirles, porque nos mentalizamos a lo negativo y nos sugestionamos. Hay que pensar positivo, desechar todo pensamiento fatalista y sobretodo, hay que confiar en la protección de Dios. Si entregas a tus hijos y a tu esposo, cada mañana o cada vez que salen de casa, puedes estar tranquila. El es nuestro cuidador, nuestro protector, digno de toda confianza.

No se inquieten por nada; más bien, en toda ocasión, con oración y ruego, presenten sus peticiones a Dios y denle gracias. Y la paz de Dios, que sobrepasa todo entendimiento, cuidará sus corazones y sus pensamientos en Cristo Jesús. Por último, hermanos, consideren bien todo lo verdadero, todo lo respetable, todo lo justo, todo lo puro, todo lo amable, todo lo digno de admiración, en fin, todo lo que sea excelente o merezca elogio.

Filipenses 4:6-8 NVI

Escrito por: Angélica García Sch.

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